Espacio fortuito  |  es - en

“Han retornado. No es que se fueron, siempre estuvieron en el corazón de algunos pero el mainstream de las décadas pasadas pasaba por el expresionismo y distintos tipos de figuración. El arte geométrico, y sus derivaciones de la década del 60: el óptico, el cinético, el "arte generativo" de Mac Entyre y Vidal, está de vuelta”. Dijo Delfina Helguera en una nota para el diario La Nación tiempo atrás.

Anticipó lo que hoy protagoniza Bienales, ferias, galerías y casas de remates alrededor del mundo y un coleccionismo notable. En este caso la geometría es rescatada pero a la vez recibe nuevos aportes. La de jóvenes que trabajan a partir de la línea, juegos cinéticos que rescatan aquellos originarios (aquellos trabajos de imponentes artistas), y reciclan o renuevan logrando la contemporaneidad de esos períodos y su vigencia como tal, como lo hacen otros con la imagen figurativa, disparada por los clásicos.

El Madí rompió con el formato tradicional, cambiaron el soporte por la madera, la superposición de planos en diferentes materiales. Hoy, algunos artistas toman este aporte de uno de los movimientos más importantes que tuvo el arte geométrico y otros retoman el plano aunque se abren a los objetos, al calado, a cierta imaginería filosa, ritual que se afirma en la abstracción. Este cambio sentencia el estado concreto y definido que produce la geometría ante un universo confuso, inestable, porque si algo cambió es la visión que da pié a este retomar concientemente la invención rígida de la línea. Y se actualiza en las imágenes más recientes de jóvenes artistas.

Desde Kandinsky, el cubismo, el constructivismo, pasando por la abstracción pictórica Americana, Minimal Art, Cinetismo, Optical Art, tendencias y nombres en absoluto desorden cronológico, Soto, Le Parc, Tomasello, Kosice, Arden Quin, Vasarely, Brizzi,  Agam, Yturralde, Loza, Cruz-Diez,  son algunos de los referentes que pesan en la historia del espacio de la geometría.

Hoy nos atrapan los blancos desafiantes y los negros profundos de un artista afirmado en estos enigmas, Andrés de Rose.  En rectas que se superponen a otras quebrando espacios sustancialmente sugerentes, decididamente poblados por esa firme construcción que nos propone una mirada en el terreno, sin accidentes pero con la concepción intrínseca de un no lugar o en todo caso de un espacio posible, especie de refugio temporal. Apenas grises más claros o más oscuros intervienen zonas, en cada obra la composición equilibrada es exactitud y va sometiendo al resto que acomoda sus aristas en el universo de la abstracción absoluta. Es un cuerpo de obra que va abriendo nuevas posibilidades, que impresiona por su solidez pero más por su aporte, en un campo peligroso y difícil, porque hay que luchar si se quiere, con los antecedentes de estas corrientes, y Andrés sale airoso y sorprende. Es una imagen distinta, es otra propuesta, es esencialmente pura.

¿Cuando miramos, fragmentamos en estas obras las miradas o todo se nos presenta ya fragmentado, en diminutas líneas que se tocan o que evaden sus límites? ¿Vivimos un tiempo de murallas y bordes o la gente del mundo es imperceptible y ajena entre si?. ¿El mundo está abierto a los jóvenes o ellos recibieron el mundo como es hoy, un autónomo y vertiginoso tobogán?

¿En la geometría de Andrés podemos encontrar la forma de un silencio absoluto? Es muy difícil crear en una forma ambigua que puede convertirse en el receptáculo temporario de la agonía. Esa gente de la noche que hace invisible la posibilidad de comunicarse, o se comunica con los gestos primitivos del cuerpo que pide ayuda para ordenar la sensación de querer vivir. Y viven.

Cada línea de Andrés De Rose enjuaga la verdad de un presente inaudito, pero a la vez reformula la estructura básica de un nuevo tiempo. Es joven, muy joven y se preguntará: ¿cómo es esto de ser artista y poder hacer del arte una carrera permanente? ¿Es una carrera? Es el deseo de transformación, es la palabra Siempre con la cabeza hacia abajo y pidiendo permiso, De Rose armó lugares precisos y elocuentes. Ese silencio tensa la verdad de lo que es hoy ser joven. La pintura nunca se fue pero sus contenidos van, como debe ser, con su época. Su soporte es la tela o la madera o la inevitable superficie de un objeto casual, disparador de nuevas concepciones.

Los artistas percibimos el material que nos llama y De Rose va a su encuentro. Ese encuentro que contiene la magia de tocar lo originario para convertirlo en presente. Podríamos hablar del infinito pero no es este el caso. La pintura de Andrés intenta el rescate de cierta epidermis universal.  Y parecen solo líneas, que entrecortan un espacio fortuito.